
Luis Alberto Rodríguez Juárez
Los silencios en situaciones de crisis también son estratégicos.
Pero callar no silencia los hechos, ni las crisis; sirve sólo para el control de daños.
Por el contrario, las consecuencias se pueden exacerbar cuando el silencio provoca vacíos de información que permiten la deformación de los acontecimientos, la especulación, las filtraciones o lo que es peor: la percepción de que algo se está encubriendo.
Lo ocurrido en el Hospital Infantil de Ciudad Victoria, en que dos médicas residentes denunciaron haber sido objeto de violación en el área de descanso, dentro del nosocomio cuando estaban de guardia -el 30 diciembre de 2025- es un claro ejemplo de que los silencios no son siempre los mejores aliados.
El asunto escaló porque fue ventilado varias semanas después de ocurrido el hecho en las redes sociales del comunicador Osberto Vera, quien recibió una denuncia por mensaje privado, al parecer de familiares y/o trabajadores del Hospital que no veían avance alguno.
La reacción no vino de las autoridades del hospital ni tampoco de la Secretaría de Salud del Gobierno del Estado. Fue, jurídicamente, de las autoridades ministeriales que presentaron un detenido que resultó ser una figura pública quien fue apoyado de inmediato en las redes sociales, sosteniendo su inocencia.
Innecesariamente, el tema escaló a nivel del gobernador Américo Villarreal, quien fue increpado en un acto público por familiares del detenido.
De un tono agresivo, la madre del detenido pasó a una actitud relajada, cerrada ya a dar declaraciones a la prensa, luego de haber sido atendida por la Magistrada Presidenta Tania Contreras.
Un día después, un juez determinó la liberación del joven detenido por falta de elementos.
Y nuevamente el silencio de las autoridades de salud y del director del Hospital Infantil.
El silencio dio paso a todo tipo de especulaciones, incluso que provocó la revictimización de las dos médicas afectando su reputación y veracidad.
La perspectiva de género demanda -ante todo- no restar credibilidad a las víctimas, ni tampoco estigmatizarlas en torno a su personalidad, independientemente de la veracidad o no de los hechos.
Lo que debió hacerse meses antes, finalmente ocurrió: el exdirector Víctor Plascencia dio una conferencia de prensa para intentar aclarar hechos, dar su versión, e informar acerca de acciones implementadas para reforzar la seguridad en el hospital. Recibió el espaldarazo de la esposa del gobernador.
Ya tarde. El escalamiento fue mayor. Vino su renuncia abrupta y no se politizó porque hay una oposición disminuida, prácticamente marginal.
Un nuevo detenido. Nuevas dudas, muchas sin sustento porque hay un proceso en curso.
Lo sucedido en el Hospital Infantil de Ciudad Victoria demanda no sólo atención a los hechos y a las consecuencias, sino prevenirlas de fondo.
Exige revisar los protocolos -si es que existen- en todo el sistema hospitalario para atender a las víctimas de abuso sexual, de hostigamiento -que es demasiado frecuente- y de acoso laboral. Eso parece ser, a la distancia, un elemento ausente que detonó la crisis.
Cuando se establecen, los procesos siempre son institucionales y restan discrecionalidad en casos de crisis cuando se quieren resolver de manera personal acallando los hechos.
Junto con la necesidad de procesos en los hospitales públicos y privados, la perspectiva de género debe permear. Pero en serio, no sólo como una proclama, sino como una acción que defienda realmente la corporeidad y los derechos de las mujeres.