Como estímulo y reconocimiento, es evidente que todo premio literario gravita en primer lugar en torno de un autor y su obra, pero también representa una extraordinaria oportunidad para que el premiado reflexione sobre su entorno. Desde luego, no todos lo hacen, no es obligatorio y, en realidad, las más de las veces asistimos a un ejercicio -válido, por supuesto- de ponderación crítica o acrítica, modesta o no, acerca de los méritos propios, lo mismo que las circunstancias que rodean su obra o el anecdotario que esta ha producido.
Así pues, innumerables autores al recibir premios o distinciones, aun en medio de crisis o contextos muy difíciles, prefieren guardar silencio e incluso fingir que nada ocurre. Otras veces, para que nadie diga que se es indiferente, optan por mostrar su compromiso con ciertas causas que no agitan mayormente las aguas: la deforestación, el cambio climático o la crueldad hacia los animales, si acaso, que sirven perfectamente para ello.
Insisto: es válido y cada quién es libre de decidir de qué ocuparse en momentos como este. Albert Camus, por ejemplo, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura quiso –sin dejar obviamente de mencionar asuntos personales y relativos a su obra– destacar que "el papel del escritor no está exento de difíciles responsabilidades. Por definición, hoy no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia; está al servicio de quienes la sufren. De lo contrario, estará solo y privado de su arte. Ni siquiera los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, lo liberarán de su aislamiento, ni siquiera, y sobre todo, si se une a ellos".
En el mundo, y mucho menos en México, no son estos tiempos para ignorar lo que sucede. Desgraciadamente, sin embargo, en el ámbito cultural nacional, lo he dicho en diversas ocasiones, lo más "artístico", lo más "sensible" que se les ha ocurrido a muchos de sus miembros, es hacer como que la Virgen les habla cuando son objeto de un homenaje o entrega de un galardón.
No niego tampoco que esto sea lo más "inteligente" desde la perspectiva de sus relaciones públicas o, mejor aún, pensando en su carrera o futuro, pero vaya que a veces causa asombro cómo en medio de las ruinas algunos transitan hablando de jardines o de las musas.
Así que me pareció muy congruente y valeroso el discurso de Juan Villoro al recibir el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Idioma Español 2026, otorgado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
De acuerdo con la nota de El Universal, el autor de La casa pierde señaló que "todo gobierno que se precie de ser progresista debe ofrecer las mejores condiciones para ser criticado"; por lo mismo, afirmó, "se han destinado recursos a los programas asistenciales, pero no se destina lo suficiente a lo más importante que es la educación, la cultura, la ciencia y la salud, sobre todo, que son los pilares de un gobierno de izquierda".
Lo escuchaba -espero que muy atenta- la secretaria de Cultura federal, Claudia Curiel de Icaza; pero también Leonardo Lomelí, rector de la UNAM, nuestra principal institución de educación superior que algo sabe de batallar con presupuestos recortados y constantemente regateados por un gobierno que practica el endeudamiento (el mayor en décadas) y, por otro, una brutal austeridad que no tiene nada de republicana y sí mucho de neoliberal, aunque usted, incierto lector, no lo crea.
Con enorme lucidez Villoro también habló de la crítica y la polarización: "El presidente López Obrador me hizo el dudoso honor de dedicarme dos mañaneras y ahí dijo que mi problema es que no se sabía bien lo que yo iba a escribir; incluso, improvisó un calificativo para mí y dijo que era ´gelatinoso´, porque no me podía definir. Eso me pareció un gran elogio, porque creo que la verdadera función de alguien que observa la realidad es que tú no sepas de antemano lo que va a comentar, porque si siempre opina lo mismo ya no es un analista, sino un propagandista".
Pero celebro sobre todo que un escritor de la talla de Juan Villoro no mire hacia otro lado y alce su voz, en la recepción de este Premio (merecidísimo, por lo demás), para señalar con gallardía que ningún gobierno que se presuma de izquierda debería abandonar la educación, la ciencia, la cultura y menos aún la salud, como ha hecho de forma patente el de Morena.
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