
REPENSAR LA FORMA DE DISTRIBUIR LA RIQUEZA
Por: Luis Alberto Rodríguez Juárez
Nadie en su sano juicio estaría en desacuerdo en que haya en México una justa redistribución de la riqueza.
La disputa está en el cómo se debe distribuir esa riqueza.
Una analogía clásica es que para repartir riqueza se debe empezar por crearla, es decir trabajar para que el pastel sea más grande de tal modo que alcance más para todos.
Sin embargo, poco se ha hecho para incidir en la necesaria productividad per cápita que se requiere para crear más riqueza y, por ende, ingreso personal y familiar.
Un dato que dibuja la actual situación nacional la arroja la Tasa de Condiciones Críticas de Ocupación (TCCO) la cual revela que, además del alto índice de informalidad laboral que prevalece en México, una proporción creciente de la población ocupada enfrenta condiciones precarias.
En 2025, según los indicadores de INEGI, 54.5 de la población ocupada en el país trabaja en la informalidad lo que refleja una subutilización del capital humano que impacta directamente en la productividad per cápita nacional.
Datos recientes arrojan que mientras la formalidad perdió plazas en diversos meses de 2025, la informalidad generó más de un millón de puestos de trabajo adicionales. La Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) indicó que, al inicio de 2026, el empleo formal alcanzó el 44.6% de la población ocupada, lo que implica que la mayoría de la fuerza laboral mexicana (55.4%) sigue operando en condiciones de informalidad.
La informalidad es reflejo de una economía que no alcanza a generar la suficiente cantidad de empleos.
No es algo nuevo, vale la pena apuntarlo. La informalidad ha operado por décadas como un amortiguador social, pero simultáneamente como un lastre para la productividad sistémica del país.
En resumen, lo que hoy estamos viendo es que la informalidad laboral no solo persiste por encima del 54%, sino que en 2025 fue el principal motor de absorción de la fuerza de trabajo, ante una contracción del empleo formal en sectores clave, sobre todo el industrial que ha experimentado bajas importantes en su crecimiento.
Toda esta reflexión viene a cuento porque la economía nacional está sustentada en el consumo que genera recursos fiscales necesarios para sufragar el presupuesto, atender los compromisos financieros y cubrir los apoyos sociales.
El tema sigue siendo el de la productividad per cápita en la población económica activa.
Si el esquema no se replantea y se incide en la productividad individual, persistirá la informalidad -que no aporta impuestos directos, por cierto- y el crecimiento económico, así como el reparto de los apoyos sociales seguirá dependiendo de los flujos que generen los grandes capitales y el consumo.
Un verdadero proyecto de izquierda estaría avizorando el fomento cooperativo que se articule con las cadenas productivas no sólo del sector industrial, sino el agrícola, el de servicios y comercio.
Pero poco se ve al respecto.